Miré
a Tania y cerré los ojos
X.
Manuel Suárez
Tania
tiene 17 años; como mi hija Carla. En la revisión pasada vino con una señora
que la había adoptado, pero ya no está con ella; hoy le acompaña una monja de
un centro de acogida. Iba bien en los estudios, pero los abandonó. Está
escapando de todo continuamente. Cambió su nombre –también lo hago yo para
contároslo a vosotros–: no quiere que le recuerde su pasado; las personas que
dejó en el pasado tampoco quieren saber de ella. Pero no puede escapar de su
memoria.
–¿Por
qué no quieres volver a estudiar?
–Porque
no puedo; no puedo centrarme, hay cosas que me vuelven a la cabeza cada día y
no quiero contárselas a nadie.
La
monja mira para mí y sale de la consulta. Dejo entonces de hacerle
recomendaciones a Tania; sólo le pregunto y escucho. Y vierte encima de la mesa
una tras otra sus palabras sin cambiar el tono, y sus palabras me atraviesan. Me
dice que no puede ir a clase porque no para de llorar, porque todos cuentan
cosas de sus familias, pero ella sólo puede hablar de su institución. Pero
ahora me habla y no llora; me cuenta su historia al revés, empezando desde hoy
y subiendo hacia el pasado hasta recordar la tarde cuando tenía seis años y se
quedó sola en casa con su padre y la violó. Ahora no sabe mucho de su familia;
el medio que debería ayudarle a crecer es el que la destruyó. No entiende por
qué su madre no quiere saber nada de ella, y yo creo que su madre también
quiere seguir escapando.
Cuando
mi padre era niño, su pueblo en la ría de Arousa era visitado con cierta
frecuencia por la armada británica. En cierta ocasión invitaron a su casa a un
oficial de aquella escuadra, y mi padre recuerda que aquel hombre se quedó
mirando para él, puso la mano sobre su cabeza e inmediatamente cerró los ojos
durante un buen rato; aquello se quedó en su memoria como un episodio enigmático,
que sólo pudo comprender muchos años después cuando el Señor le trajo al
Evangelio. En nuestra familia somos hijos de la oración de aquel creyente que
nunca llegamos a conocer. Así que hoy, después de escuchar a Tania, miré para
ella y le dije:
–Quiero
pedirle a Dios por ti– y cerré los ojos y oré en voz alta: “Señor, pongo
a Tania delante de Ti para que la cures, para que sanes todas sus heridas, para
que pueda volver a levantar su cabeza y mirar hacia delante, para que descubra
cuánto le amas, para que descubra la felicidad a la que tiene derecho. En el
nombre de Jesús. Amén.”
Sentí
la certidumbre de que Dios va a hacer algo. Abrí los ojos; Tania me miró
sorprendida, no sé si comprendió lo que acababa de hacer. Cuando pasen los años
y se atreva a mirar atrás, quiero que recuerde también, como mi padre, que un
día un médico miró para ella y cerró los ojos.