ÉTICA Y TRABAJO


'"En el barbecho de los pobres hay mucho pan;
mas se pierde por falta de juicio."
(Proverbios 13:23)

Una de las tesis más conocidas del sociólogo Max Weber es la que dice que el desarrollo del capitalismo dependió en buena medida de los valores éticos y religiosos contenidos en el protestantismo, idea ya presente en el título de su obra más famosa: La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905). Esto explicaría el progreso económico e industrial, en líneas generales, de las naciones en las que la Reforma echó raíces y el atraso o estancamiento de aquellas otras en las que el catolicismo siguió teniendo hegemonía, como fue el caso de España.

Entre las causas que llevaron a España, cabeza del mundo al comienzo del siglo XVI, a un proceso de crisis y decadencia, figura la actitud de menosprecio hacia el trabajo, especialmente el manual, propia de las clases dominantes que, aferradas a sus derechos de sangre y estatus nobiliarios de la época feudal, consideraban al trabajo y al comercio como algo indigno e impropio de su categoría. Una mala interpretación de los textos bíblicos que calificaba al trabajo como una maldición por la Caída, sería la justificación religiosa para sostener tal actitud.

Cervantes, en el Quijote, retrata fielmente a la sociedad española de su tiempo al describir las categorías sociales de los protagonistas de su novela: el hidalgo, que vive de su hacienda y cuyas dedicaciones son la caza y el ocio, y el villano, rústico labrador que ansía escapar de su condición, incluso a costa de embarcarse en una aventura de imprevisible final. El primero, por su linaje, hidalgo = hijo de algo, está por encima del trabajo, mientras que el segundo, por su oscuro origen, está reducido de por vida al mismo. Al final, la posición de las personas en la vida depende enteramente de la procedencia genealógica, sin que el esfuerzo o la industria personal determinen nada que merezca la pena. Esta actitud va a perdurar en el alma española por siglos, dando origen a un género peculiar de la novela: la picaresca; el Lazarillo, el Buscón y otras más, van a describir al vividor que, abocado por su nacimiento a una posición ínfima en la vida, trata de escalar peldaños en la escala social no mediante el esfuerzo, que se concibe baldío, sino mediante la aventura y el engaño.

Habiéndose consumado ya la expulsión de los judíos -expertos en el incipiente sistema financiero- y estando en puertas la de los moriscos -artesanos y trabajadores-, ya tenemos todos los ingredientes necesarios para un descalabro generalizado. No es extraño que la nación terminara en el colapso social, económico y moral en el que quedó, por siglos, sumida.

Esa diferencia se va a traducir en resultados: naciones que hasta entonces habían sido insignificantes o de segunda categoría van a tomar las riendas del mundo, mientras que los antiguos señores se van a quedar con su orgullo, pero en la más absoluta miseria.
La manera de concebir el trabajo que la Reforma enseña, estaba en radical oposición a las rígidas estructuras aristocráticas que la Iglesia Católica sostuvo, con su equivocado entendimiento del valor del trabajo como un castigo por el pecado. Equiparar el trabajo a la enfermedad, el sufrimiento y demás consecuencias desastrosas de la rebelión contra Dios, no sólo fue un error exegético sino un despropósito de terribles consecuencias en la historia de muchas naciones. Por eso hay un inequívoco lazo de unión entre Reforma y progreso, por un lado, y catolicismo y pobreza, por otro. También, y por las mismas razones, hay un nexo entre Reforma y democracia -en cuanto opuesta a aristocracia y linaje- por un lado, y catolicismo y absolutismo, por otro.

La Reforma dignifica el trabajo y, por ende, al trabajador

Pero en los países donde la Reforma arraiga se creará otra óptica del trabajo, concibiéndolo como lo que es en realidad: algo que viene de Dios, antes de la Caída, para la realización de nuestras capacidades y habilidades, lo cual redunda en el pleno desarrollo de nuestra personalidad, y esto a su vez trae gloria a Dios. ¡Qué diferencia tan radical entre juzgarlo como un lastre a considerarlo como un medio de proyección personal que glorifica a Dios!

La Reforma dignifica el trabajo y, por ende, al trabajador, aunque sea un humilde zapatero o un primitivo labrador; el truhán, el pillo, el aventurero y el vividor, lejos de ser héroes o cuasi-héroes como en España, serán, más bien, clasificados como rémora y carga social. El texto bíblico que encabeza este artículo contempla una realidad de este mundo: la pobreza, la escasez de recursos; pero al lado de ello establece que el trabajo hecho inteligentemente -con juicio, es decir, con diligencia, con esmero, con dedicación- es capaz de redimir esa falta de recursos. Tenía razón Max Weber al identificar Reforma y progreso; sólo le faltó decir una cosa: que la Reforma no inventó el principio del valor del trabajo, sino que simplemente se limitó a predicar lo que la Biblia enseña sobre el mismo.

Wenceslao Calvo, pastor en Madrid y conferenciante

© W. Calvo
© I+CP, Madrid, 2001

 

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