¿Cuánto
vale una vida?
X.
Manuel Suárez
Se
llamaba Angel Morejón García. Nadie se acuerda de él y por eso comparto su
nombre para que por lo menos para vosotros signifique algo. Lo encontraron una
noche de invierno arrastrándose por el lodo a la puerta de su casucha; llovía
torrencialmente. Un vecino lo metió en su coche, lo soltó en Urgencias y se
largó.
Estaba
en el segundo año de MIR; acababa de iniciar la rotación por Medicina Interna
y me tocaba atender interconsultas de otros servicios. Me avisaron de Neurocirugía
por un paciente en coma; la verdad es que no sé por qué estaba en Neurocirugía;
en Urgencias no sabían en dónde ingresarlo, le habían pedido entre otras
cosas un TAC y algo le habían encontrado, así que acabó allí. Cuando aparecí
por la planta, todos los neurocirujanos me esperaban en el control; algo me
mosquearon sus miradas socarronas.
–Mira
qué joya te tenemos–
La
verdad es que no sabía por dónde empezar. Ángel andaba por los 60 años, pero
aparentaba veinte más, y ahora estaba inconsciente, con fiebre, taquipnea,
hipotensión y un estado nutricional miserable. Pregunté a los neurocirujanos
si habían hablado con la UCI y casi me comen. Lo exploré, solicité varias
pruebas y me fui pensando “No va a dar tiempo a hacerle todo, se va a morir
antes”. Comenté el caso con mi jefe y me dijo que hiciese lo que pudiese,
pero que la situación no daba mucho de sí. Lo seguí atendiendo, y los días
fueron pasando ante el escepticismo de todos. Cuando parecía que podría
remontar, se presentaba una recaída, y en cualquier caso no recuperaba nivel de
consciencia. Las enfermeras participaban del mismo escepticismo, pero quizás al
ver mi persistencia y comprobar que Ángel no se moría, se involucraron con él
y lo trataban con todo esmero.
Un
día la supervisora salió a recibirme entusiasmada:
–¡No
te lo vas a creer! Ven a verlo–
Ángel
había abierto los ojos y al insistir en interrogarle, me largó un gruñido que
me sonó como un precioso acorde arpegiado.
Siguió
mejorando, pero un día cayó en picado por una sepsis. Y oré por él; lo había
dado por perdido desde el principio y ni siquiera había orado mucho por él, y
ahora se me estaba yendo.
–Señor,
si has permitido que se recuperase algo, por algo será; no me lo dejes perder
ahora–.
Y
Ángel repuntó; os ahorro la lista interminable de problemas que fue superando.
Un día las enfermeras me dieron una sorpresa y me lo presentaron sentado en un
sillón; nunca habría imaginado verle así; el hombre miraba para todos los
sitios y se reía. Pero cuando lo quisieron mover se quejó mucho con dolor.
Revisé toda la historia, que ya era bien gorda y allá al final encontré unas
placas de cadera del día de ingreso; cuando las puse al trasluz, palidecí: allí
había una sonora fractura de fémur. Qué vergüenza; durante dos meses nadie
había reparado en eso.
Llegó
el día de cambiar de departamento en mi rotación, pero seguí tratándole:
–Ese
paciente es tuyo, nadie más lo puede seguir viendo– me dijo el jefe de
Medicina Interna. Y Ángel seguía en la gloria, mirando con alegría para todas
partes como estoy seguro que no había hecho en años, fijándose el muy
condenado especialmente en las enfermeras y riendo. A ver quién le daba el
alta. Las asistentes sociales le prepararon plaza en una residencia de monjas y
tuve que darle de alta. El informe fue larguísimo, y eso que era resumido;
encima de mi firma escribí una frase prohibida: “Gracias a Dios”.
A
los tres meses una monja me llamó. Ángel se había muerto. Me puse la chaqueta
negra y mi corbata preferida y fui a su funeral. Recuerdo que asistieron todos
los ancianos de la residencia; miraban al ataúd con una mirada de ansiedad que
tardé en comprender: cada uno de ellos sabía que algún ocuparía su lugar.
Dos
monjas, dos enterradores y yo; nadie más le acompañó al cementerio. Empezamos
a caminar hasta su fosa. El cielo estaba denso y oscuro. En el trayecto empezó
a llover torrencialmente; como buen gallego, había llevado un paraguas y las
dos monjas se metieron debajo de él. El cura llegó en el coche de la
funeraria, echó su responso y se largó sin esperar a que echasen la tierra por
encima de Ángel. Las mojas iniciaron la misma maniobra de retirada, pero ¡amigo,
cómo llovía! Y yo no me moví, porque quería despedir con todo respeto a mi
paciente y estar allí hasta el final. Mientras lo iban cubriendo, mi memoria
iba descubriendo los días con Ángel de dura pelea y de satisfacción y alegría.
–¡Vaya
chupa que nos va a caer encima!– sugirieron ya impacientes las monjas. Pero yo
no me moví. Y el paraguas tampoco; así que tuvieron mucho gusto en aguardar
respetuosamente hasta la última palada de tierra.
Cuando
mis colegas supieron de la pronta muerte de Ángel fueron varios los que me
preguntaron si había valido la pena tanto trabajo y tanto gasto sanitario. No
es difícil argumentar que lo razonable habría sido dejar de hacer cosas desde
el inicio, que estaba claro que aquel hombre no iba a salir adelante, que
tampoco su calidad de vida previa era aceptable, que no estuvo justificado tanto
esfuerzo y tanto gasto… y yo añadiría que tampoco nadie lo iba a echar en
falta.
Pero
pocas veces me sentí tan seguro de que había hecho lo que había que hacer.
Pocas veces sentí como entonces la dignidad de mi trabajo. Pocas veces comprendí
tan bien el inmenso, inmedible valor de una vida humana, incluyendo la que
parece menos grandiosa. Ángel vivió en unos meses la felicidad que quizás
nunca antes había disfrutado; ¿qué precio le ponemos a esto?
Nunca llegó a hablar más de dos palabras, pero aún recuerdo su sonrisa.